Lecciones aprendidas trabajando en un hotel.

En diciembre de 2005, dejé la ciudad de Panamá y me fui a vivir a la isla Colón, el punto más turístico de todo el país.  Allí pasé los siguientes diez años, trabajando en el negocio familiar, un pequeño hotel que opera en un edificio histórico.

Trabajar en la industria turística no es tan glamoroso como mucha gente imagina.  No importa si es un hotel, un restaurante, tour operador o aerolínea, es un trabajo difícil con días largos y altas dosis de estrés.  Lo más complicado es tratar de contentar a personas con expectativas distorsionadas, en muchas ocasiones, por no haber investigado el destino de forma adecuada.

Que alguien llegue a una pequeña isla del Caribe y desee comer hamburguesas o no quiera trasladarse en bote es algo que escapa a mi capacidad de comprensión.  Alguien que viaje a un destino ubicado en el trópico húmedo y que se fastidie porque llueve es tan ilógico como ir a Moscú en invierno y molestarse porque nieva.  Es a lo que me refiero cuando hablo de expectativas distorsionadas, no son realistas y, por lo tanto, son imposibles de satisfacer.

Nunca olvidaré a una huésped cuyas expectativas no sólo estaban distorsionadas, sino que eran ridículas.  Era de un país de Europa del este y se quejaba de todo, porque no era como en su país.  No quería comer el pan local porque no comía eso en su país.  No le gustaba el clima porque no era como el de su país.  En un momento dado, le comentó a una de las recamareras que debíamos poner una bomba a un edificio que veía desde su ventana porque era feo…imagínense!  Ese es el tipo de persona que no debería viajar jamás.  Sería mejor para ellos, y más seguro para el resto del mundo, que se quedaran en casa, comiendo lo que les gusta, mientras ponen Travel Channel para ver, por televisión, cómo son los demás países y todo el mundo contento y sin riesgo de bombas.

Pero no todos los que nos visitan son así, estas son excepciones, afortunadamente.  Durante los diez años que pasé en la isla, conocí gente maravillosa con genuino interés por conocer el lugar, sus comidas, costumbres, historia y, sobre todo, a su gente.  Estos son los verdaderos viajeros, los que sacan las mayores y mejores experiencias de sus viajes, porque se toman el trabajo de conocer distintas facetas de su destino, y a la gente que lo hace especial, dejando al volver a casa, una buena impresión y algunos amigos para toda la vida.

Así aprendí que al viajar, uno debe respetar la cultura y la gente que encuentra y adaptarse al destino, no al revés.  Recuerden, si van a viajar, investiguen los posibles destinos y decídanse por aquellos en los que están dispuestos a desafiar el clima, aventurarse a probar las comidas, atreverse a hablar con la gente del lugar y disfrutar de todo lo diferente que el sitio tiene que ofrecer, pues es la mejor forma de hacer que todo el trabajo, tiempo y dinero invertido en el viaje valgan la pena.

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