El hotel de las cosas perdidas

Dulces sueños en el hotel de las cosas perdidasLlevo más de quince años como director de este hotel y nunca he tenido quejas importantes. Me divierte mi trabajo y me gusta satisfacer a mis clientes y a mis compañeros de trabajo en todo lo que esté en mi mano. Yo no soy el dueño y no tengo poder para cambiar ciertas cosas, pero en general, la compañía me da libertad para organizar las cosas como a mí me gustan, porque saben que las cosas funcionan bien conmigo.

Evidentemente, contentar a todos es imposible. En el hotel y en la vida. Mi padre lo decía, a su manera: “Intentar que todos estén contentos contigo es la mejor forma de que todos estén enfadados contigo“. ¡Qué razón tenía!

En momentos duros, como el de ahora, echo de menos a mi padre. Sus palabras siempre eran sabias y reconfortantes. Mi padre era un guía para mí, un espejo, un modelo. Cuando estaba vivo me costaba reconocerlo, pero ahora lamento no haberle hecho caso en muchas más cosas. Cuando estaba vivo, a veces hasta me molestaban sus sabias palabras, porque, por algún motivo, me costaba reconocer que tenía razón. Un absurdo orgullo me impedía aprender de él todo lo que hubiera podido. A veces, cuando hablaba le cortaba con algún mal gesto o con unas malas palabras. Estoy arrepentido, pero ya no tiene remedio.

Lo que ha pasado en mi hotel es lo más duro que me ha tocado vivir después de la muerte de mi padre. Me siento culpable, pero a la vez, era imposible predecir tan fatal desenlace. Yo actué con buenas intenciones. Era imposible sospechar que algo así pudiera ocurrir, y menos aún, por tan absurdo motivo. Estoy desconcertado, anonadado, hundido… tal vez presente mi dimisión.

Para entender bien, desde el principio, lo que ha pasado, hay que tener en cuenta que en los hoteles es muy normal que la gente pierda u olvide cosas. Es frecuente que la gente nos llame preguntándonos si hemos encontrado esto o aquello que se les olvidó en la habitación, en el bar, en la piscina, junto a la mesa de billar, en el mini-golf, en los columpios infantiles… este es un hotel muy grande.

Mis subordinados tienen orden estricta de llevar a recepción todo lo que encuentren, sea lo que sea. Rigurosamente catalogamos cada objeto con una ficha que indica qué es, donde se ha encontrado (número de habitación, si procede), la fecha y la persona que lo encontró. Por supuesto, si es algo valioso intentamos descubrir quien es el propietario, llamando a los que sospechamos puedan haberlo perdido. Si el objeto se pierde en una habitación, llamamos a los últimos clientes de la misma, salvo que el objeto no aparente valor alguno. Pero en caso de duda, lo catalogamos y etiquetamos también, por si los clientes llaman pasados unos días.

Este sistema tan exhaustivo se puso en marcha a raíz de que una mujer perdió en el restaurante un alfiler como los que se regalan en las bodas, “con gran valor sentimental“, según nos dijo. Lo cierto es que el alfiler lo encontró el camarero, pero lo tiró a la basura y fue imposible recuperarlo varios días después cuando la pobre mujer llamó al hotel llorando amargamente. En ese momento decidí que todo lo que encontráramos sería archivado para evitar que algo así volviera a pasar, y así se informó a todos los trabajadores del hotel fijos y eventuales.

Las cosas que la gente pierde u olvida en el hotel son realmente sorprendentes. Los objetos que más encontramos son, por ejemplo, cargadores de teléfonos, libros, cepillos de dientes… pero también hemos encontrado en las habitaciones calcetines, ropa interior (y exterior), además de los objetos más inusuales. Recuerdo a unos clientes que olvidaron en el armario las cenizas de su padre “en una urna de material biodegradable“, según aseguraron ellos. Otro cliente dijo haber perdido el bañador en la piscina, pero por decencia no le preguntamos cómo había ocurrido. Unos clientes también “olvidaron” en un cajón la bola número 8 de nuestro billar, la cual había desaparecido misteriosamente días antes de que abandonaran el hotel… por no mencionar aquellos clientes que “olvidaron” sus toallas viejas pero las reemplazaron por las del hotel. Más que un olvido aquello fue un trueque.

Lo cierto es que desde que pusimos en marcha el sistema de archivo de los objetos perdidos, prácticamente todos los clientes encuentran aquello que pierden u olvidan. Así se lo expliqué a mi amigo Fidel cuando vino a verme. A pesar de su incredulidad, yo le dí todos los detalles:

—Mira Fidel, el 100% de los objetos dejados en las habitaciones son devueltos a sus propietarios, si estos los reclaman incluso tras haber pasado más de un año. Por supuesto, si el objeto es valioso, intentamos nosotros contactar con el cliente. Si no es valioso, lo archivamos y esperamos a que nos llame.

—Es imposible que sea el 100% —aseguró con un tono de desprecio.

—Pues yo te aseguro que es el 100%, salvo en objetos perdidos en las zonas comunes. Ahí, ya no es el 100%, porque muchas veces son otros clientes los que lo encuentran y puede que no lo entreguen en recepción.

—Ya, pero seguro que hay gente que pierde en la habitación cosas que al final no son archivadas y, por tanto, no podéis devolverlas a sus propietarios, incluso si las reclaman.

—Yo te aseguro que mi personal encuentra todo lo que se pierda en una habitación y que lo devolvemos al dueño si este lo reclama. Lo puedo garantizar al 100% — dije con un poco de énfasis.

Me estaba poniendo nervioso que pusiera en duda mi sistema de objetos perdidos. Yo no podía dejar que afirmara algo que yo sabía objetivamente que no era cierto. Pero él, por algún motivo, parecía estar dispuesto a que me enfadara con él por una cosa tan insignificante como esta. Y así, él siguió picándome:

—Que te digo que no. Que es imposible que garantices eso al 100%. Muchas de las cosas que se pierden son irrecuperables. Y punto.

—Fidel, por mi parte, lo que te aseguro es que en mi hotel eso no pasa. Todo se encuentra y todo se devuelve si el dueño lo reclama. Eso puedo asegurarlo, porque lo sé fehacientemente.

—Bueno, pues yo te digo que te equivocas. Y si quieres te lo demuestro.

Su actitud chulesca me pareció insultante. Tenía que haberme callado y dar por zanjada semejante discusión tan kafkiana, pero no me callé:

—Mira… es algo que no puedes demostrar, porque además, si tú pierdes algo en la habitación, rastrearemos tu habitación hasta encontrarlo.

—Estás muy seguro de tus palabras, y tanto orgullo te puede sentar mal —me dijo dejándome ojiplático.

—¿Orgullo? ¿Pero qué dices? Yo te estoy hablando de algo que conozco bien. Obviamente, si escondes algo en la habitación, con mala intención, es posible que no lo encontremos, pero mi personal tiene orden de buscar cualquier cosa que se pierda y de archivar cualquier cosa que se encuentre.

—Ya que te pones tan gallito —me dijo levantando la barbilla— te voy a demostrar que en tu hotel se pueden perder cosas en una habitación y que no se la devuelvas al dueño, aunque la reclame.

De nuevo, tenía yo que haberme callado y haberle invitado a una tila, pero ya estaba yo bastante cansado del tema y quise callarlo, bien callado, por lo que acepté su reto:

—Estupendo. A ver si eres capaz de demostrarlo —le dije dándome la vuelta diciendo adiós con la mano.

La cosa quedó ahí y al día siguiente, por supuesto, yo ya no recordaba nada de lo ocurrido. Me sorprendió que Fidel hiciera tanto gasto en el hotel (bebidas y comidas caras, masajes…). Yo ya le había dicho que tendría un “pequeño” descuento, y supuse que eso le había animado a comportarse generosamente consigo mismo y con los demás, pues también me informaron que había invitado a otros huéspedes a bebidas en nuestra discoteca.

El último día de su estancia en el hotel, me despedí de él antes de que subiera a hacer sus maletas. A las pocas horas, me avisaron de que fuera corriendo a la habitación 606. Yo supe inmediatamente que esa era la habitación de Fidel y, por no esperar al ascensor, subí corriendo saltando los escalones de dos en dos. Al llegar, allí estaba Fidel, colgado de la lámpara, ahorcado con su propia correa, inmóvil totalmente.

Resollando, un escalofrío me recorrió el cuerpo y pensé en llamar a emergencias, pero estaba paralizado. En unos segundos recuperé la movilidad y pegué un grito para que me ayudaran a bajarlo de allí, pues tal vez aún estaba vivo. Pero no lo estaba. Sobre la cama yacía su cuerpo mientras yo llamaba a emergencias y a la policía.

Todos los informes dejaban claro que había sido un suicidio, según me confirmó el comisario en mi despacho.

Cuando me quedé solo, me retrepé en mi sillón y mirando al techo recordé la discusión con Fidel del primer día. Pensé que Fidel había perdido la vida en mi hotel y que así, había perdido algo que yo no podía devolverle.

Se me encogió el corazón y no podía entender que se hubiera suicidado por algo así. Aún así, pensé que Fidel no había ganado su reto, pues aunque yo no podía devolverle lo que había perdido, es decir, su vida, lo cierto es que yo le dije que nuestro hotel devuelve todo lo que se pierde, si el cliente lo reclama, y Fidel no había reclamado nada.

A los pocos días, revisando el correo encontré una carta extraña con la dirección escrita a bolígrafo. Le dí la vuelta y como remite solo ponía “Fidel”. La abrí rápidamente y leí la única frase que estaba escrita: “Por favor, devuélveme la vida que perdí en tu hotel“.

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